Un verano diferente y un nuevo ciclo escolar


Ha pasado mucho tiempo desde que escribí por última vez, y es que han pasado un montón de cosas desde entonces.


Después de haber logrado y celebrado que mi chiquito dejó el pañal, se transformó toda mi dinámica familiar. El chiquito se dio cuenta de que ganaba mucha atención gritando: pipí, popó y todos corríamos a ayudarlo para que no tuviera un accidente. También se percató de que estaba dejando de ser un bebé y supongo que le hizo sentirse un poco triste, así que eran tremendos berrinches y llantos por todo.


Los grandes resintieron esa atención que recibía el pequeño y mi mayor, aunado a la prepubertad acelerada también se puso insoportable… El segundo todos los días llegaba enojado, de mal humor, aburrido, a molestar a todo mundo y bueno, fue la locura.


Poco a poco fuimos solucionando todo pero en esos momentos sí pensaba: ¡En qué momento se me ocurrió que yo podía con 4 hijos! Antes cuando me preguntaban cómo le hacía, no entendía qué querían que les contestara. Ahora decía: un día a la vez, sólo por hoy, ni yo sé cómo.


No cabe duda que todo se junta, y ante la olla de presión que vivíamos mi brazo derecho, la alegría del hogar se dio el lujo de renunciar y salir corriendo justo antes de empezar el verano. Y no queda más que apechugar y echarle ganas. Es en esos momentos donde uno también quiere darse a la fuga al ver 8 semanas o más de vacaciones con los niños en casa y sin ayuda.


Este verano tenía grandes ideas y planes de pasar más tiempo con los niños: poniéndoles actividades artísticas, jugando más con ellos, cocinado con mi mayor que ama cocinar, etc. Pero pasé más bien reclutando nuevo personal de servicio, capacitando y haciendo la mitad de las cosas que no les daba tiempo de hacer.


Sin embargo creo que aunque no cómo imaginamos y planeamos, disfrutamos mucho el verano. Organicé minuciosamente los cursos de verano, de manera que todos tuvieran dos semanas de actividades interesantes, de cosas que les gustan y quieren aprender o que los sacaran de la rutina. Acomodé las semanas de modo que no se quedara ninguno sin descansar pero tampoco con mucho tiempo para aburrirse o hartarse, que no se me quedaran en casa dos hijos con combinación nuclear, y mil y un detalles más como el costo, los horarios y la cercanía.


Y justo cuando lo logré cambiaron mis planes. El pequeño se rehusaba a ir a más de una semana a curso de verano y lloraba, y como el curso de verano no es obligatorio, cedió su segunda semana a mi segundo hijo, el más inquieto de todos y el que si está aburrido desespera hasta al más santo, es un niño muy listo, lleno de energía y preguntas interminables.


Disfrutamos mucho el no levantarnos a horas indecentes para ir a la escuela, el no estar corriendo: coman, tarea, maleta, actividades de la tarde, baño, cena, duerman. Se nos recorrieron los horarios y vieron más tele de lo habitual, pero jugaron mucho entre ellos, con los vecinos, y cada semana había una sorpresa: el cine, el show de patinaje, etc.


Logramos cocinar algunas cosas mi mayor y yo: Brownies, pastel, chocolates. Y cada uno tuvo su tiempo a solas en casa también con mamá. Mi esposo los llevó a desayunar un día a cada uno y platicaron. Fue un momento de acercamiento, de cambiar la rutina. Tanto que ya no queríamos regresar a la escuela. Cada año me pasa igual, primero no quiero que salgan y luego no quiero que regresen.


Hubo apoyo y crecimiento por parte de mis mayores. La grande se puso las pilas e inventó un “challenge” para ayudar en la casa y juntar puntos y con eso ganar de premio ir al show de patinaje. Sentí como va creciendo y tengo una hija con quien puedo platicar, confiar y apoyarme en ciertas cosas, la valoré mucho en su actitud más madura y consciente.

Mi segundo hijo se enfrentó a nuevos ambientes donde tuvo que resolver nuevas situaciones, incluso vencer el miedo y prejuicio que tenía de regresar a ese curso de verano de futbol donde años atrás no la pasó bien, pero lo volvió a intentar y esta vez salió fascinado, más seguro al haberse comparado con niños de su edad y un poco más grande y ver que sí es bueno, no sólo porque se lo digo yo que soy su mamá y lo amo sino porque objetivamente tiene facilidad y le echa muchas ganas.


Estaba muy orgullosa de ambos. Y mi tercera ni qué decir, ella siempre linda, ayudadora, dispuesta a cooperar.


Se pasó el verano más rápido de lo que hubiéramos querido, un verano diferente, pero muy bonito. Y llegó la entrada a clases y todo el barullo de comprar libros, útiles, uniformes, zapatos, etiquetar todo, etc. Y aunque se sentían nerviosos les fue muy bien a todos.


Ese martes que ya todos estaban en la escuela y la casa estaba callada, ordenada, limpia, sentí mucha nostalgia de no tenerlos cerca. De no estar acurrucada con ellos viendo sus programas en la cama, de no verlos corriendo y jugando en el jardín, de no tener que recoger ropa y juguetes que dejaron por todos lados. Y no pude evitar unas lagrimitas que salieran de mis ojos. -¡Los extraño mis niños! - pensé, con todo y sus pleitos, llantos, gritos, y todo lo que a veces me saca de quicio. Pero también disfruté mientras desayunaba con calma, sin interrupciones y en completa paz para terminar cualquier cosa que empezara. Con muchos proyectos para estos últimos meses del año y dispuesta a disfrutar esas horas de silencio para afrontar todas las horas de escándalo en la tarde.

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