Por qué me desmoroné después del 19S



19 de septiembre de 2017, conmemorábamos 32 años del gran sismo que sacudió varios Estados de nuestro país. Transcurría como cualquier otro día, tuvimos una clase de ejercicios entre algunas mamás del kinder que queremos ponernos “en forma”. Salí corriendo a tomar un café con unas amigas y regresé a la casa a resolver algunos pendientes. Vi el reloj, 1:10, hora de salir a recoger a mi chiquita, el bebé aún dormía la siesta y los dos grandes los trae el transporte escolar. Pero llegó un paquete y quise revisar unas últimas cosas en la computadora antes de irme.


1:14 comenzó a temblar. En la zona donde vivo por ser muy rocosa no se sienten mucho los temblores, pero este sí se sintió, y se sintió fuerte. Todas las persianas comenzaron a vibrar, los juguetes que hacen ruido al moverse empezaron a sonar, y corrí por el bebé que ya estaba despierto tratando de descifrar qué sacudía su cuna.


Salí corriendo al jardín, estaban ahí varios vecinos, todos asustados, se sintió muy fuerte, estuvo fuerte. En ese momento no imaginaba la magnitud de lo que habíamos vivido, ni de las repercusiones que esto tendría. 1:17 después del susto, aún con las lámparas moviéndose en casa fui a recoger a mi pequeña, ya era tarde.


Encendí el radio y comencé a escuchar, un sismo fuerte, muy cercano, se reportaban daños, un edificio caído, llegué a la escuela, mi niña estaba enojada porque había llegado tarde, y estaba cansada, dejé de escuchar sus reclamos para escuchar que había niños atrapados en una escuela en Coapa, niños que no podían salir, que se habían quedado entre los escombros, se me hizo un nudo en la garganta. Pensé en esas madres, que recibían esa noticia, que no sabían si su hijo era uno de ellos.


A mí ya me habían confirmado de las otras dos escuelas que estaban bien, pero no pude evitar las lágrimas de pensar en ellos y sus madres. Llegué a casa, mi esposo llegó al poco tiempo, mis niños tardaron un poco en llegar, no teníamos agua ni luz y mi esposo decidió que mejor no usáramos el gas. Comimos frío, y fuimos al coche a cargar el celular  y escuchar el radio. Mis niños jugaron toda la tarde en el jardín, ajenos a la desgracia, bendita infancia, bendita inocencia.


Me quedé muy angustiada, los vídeos de derrumbes y escombros llegaban por todos lados, en todos los chats de Whats App en todos los grupos de Facebook, sólo se hablaba de una sola cosa: el terremoto que 32 años después había ocurrido el mismo día, pedían ayuda, la gente se organizaba, las necesidades no dejaban de fluir. Lloré y traté de ayudar desde mi trinchera, conectando y resolviendo ofertas y necesidades anunciadas en redes sociales. No pude dormir hasta la 1 de la mañana, y cómo poder hacerlo cuando tantos están en desgracia.


Me acompañaba la alarma sísmica, continuamente, esa que no sonó en un principio pero que llegó para quedarse. Y llore, llore mucho, ese día y al día siguiente, los niños sin clases en casa, y yo por primera vez en la vida tenía pánico.


Suelo ser una mujer fuerte, quienes me conocen saben lo que he vivido: una niña con desorden de procesamiento sensorial muy fuerte de pequeña a la que gracias a Dios, la terapia, la escuela, la alimentación y su familia salió adelante muy bien, quien tuvo Kawasaki 3 veces (como pocas personas en el mundo). Un niño también con desorden de procesamiento sensorial muy fuerte en temas alimenticios, pero después de terapia avanzó muchísimo; con miles de alergias, preasmático y por lo mismo desde que tuvo 1 año de edad tosía hasta vomitar por innumerables factores. Niños que no duermen bien hasta pasados los 2-3 años; 4 hijos, y con el último tuve preeclampsia durante el final del embarazo, a los 5 meses le dio meningitis derivado de una terrible otitis que le inflamó meninges y le dejó una leve parálisis facial. Tardó casi 7 meses en subir de talla y peso y retomar fuerzas porque constantemente se enfermaba.


Definitivamente no me ha tocado fácil como mamá, no me quejo sé que hay muchas que lo han pasado mucho peor, pero aún así he tenido fortaleza y temple. En varias ocasiones he llorado, me he desahogado, no ha sido un camino fácil, sin embargo he sido muy bendecida y siempre con la ayuda de Dios hemos salido adelante.


Por qué entonces no podía parar de llorar desde el 19 de septiembre del 2017. Ni mi familia cercana ni yo habíamos vivido eventos traumáticos, estábamos todos bien, ninguno perdió su casa. Debería sentirme agradecida, pero me sentía muy muy vulnerable. Me sentía como si todos fuéramos hojas en un árbol al que sacudieron ; algunas hojas cayeron, no sabemos ni entendemos por qué, otras ahí seguimos, pero en cualquier momento podemos caer.

Mi cerebro racional me decía una cosa, mi empatía, mi sensibilidad, mi humanidad sólo lloraba, y me acompañaba el sonido constante de la mentada alarma sísmica. Me quedé encerrada esos dos días, difundiendo mensajes, conectando necesidades, me sobre saturé de información. No quería salir, no quería separarme de mis hijos, y el jueves que llegó la señora que nos ayuda en la casa, llegó mal, tenía dolores como de apendicitis y me pidió que la llevara a un hospital.


Yo no estaba lista, me aterraba la idea de dejar a mis 4 hijos con la otra chica que nos ayuda, no quería separarme de ellos, no podía, pero me suplicó, la vi mal, y no la podía dejar ahí. Me tuve que vencer, armar de valor, encomendar a Dios y salir. La llevé a un hospital cercano de maternidad rogándole a Dios que la aceptaran porque no quería ir ni más lejos ni tardarme mucho, y así fue. Llegó pronto su hija y regresé a toda prisa a mi casa. Como le había avisado a mi  mamá, vinieron en seguida. Y ya estando todos aquí decidimos escombrar, yo tenía muchísimas cosas que podía donar, ropa, cobijas, juguetes, libros, peluches y así lo hicimos, jueves y viernes nos dedicamos a recolectar cosas para albergues y centros de acopio. Sentía que estaba haciendo algo, y me pude desconectar un poco de tanta información. Me daba alegría y esperanza el saber que el sábado iríamos a dejar esa ayuda. La alarma comenzaba a irse de mi cabeza.


Pero el sábado desperté ansiosa desde las 7, cosa muy inhabitual en mí, siempre trato de dormir o descansar un poco más con la ayuda de mi esposo. Me dijo que no estuviera nerviosa que me durmiera pero no podía. Un poco antes de las 8 de la mañana, de nuevo, la escuché, no era yo, era verdad, era la alarma  y salimos con los niños lo más rápido que pudimos, no sentimos nada, pero las lámparas al regresar se movían.


A pesar de lo que me costó salir el jueves, me ayudó a ver que la vida seguía, que todo era normal en las calles cercanas a mi casa y quise salir el sábado. Dejamos la ayuda, vimos mucha gente ayudando, un México distinto, unido, triste, solidario. Ese mismo sábado me reuní con un primo y su esposa e hija que hacía muchísimos años que no veía, y tenía mucha ilusión de verlo, platicar, y recuperar el tiempo perdido, la pasamos muy bien, fue un gran día.


Pero la alarma se volvió a instalar ahí, y yo tenía ganas de ir más allá. Le pedí a mi esposo que me dejara ir a ayudar a las calles el domingo, se llevó a los niños con sus papás y sin saber a dónde ir, una vecina nos escribió que necesitaban ayuda en Parque México y hacia allá fui.


Toda la zona cercana estaba acordonada, se veían algunos edificios en mal estado, y un gran silencio, como pocas veces se escucha en esta gran ciudad. Militares, voluntarios, brigadistas, agitación en el parque. Me designaron a recibir y repartir alimentos a los voluntarios, las 3 horas que estuve fueron sin descanso, pero me sentía muy satisfecha, había hecho algo.


El cansancio de haber dormido tan poco en estos días empezaba a hacerme estragos y el domingo en la tarde por varias situaciones estaba enojada, había salido del shock y me sentía enojada por muchas cosas. Y lloraba, y seguía llorando. El lunes fue un día difícil con los niños, la incertidumbre de no saber cuándo regresaban a clases, la falta de rutina, el estar encerrados les estaba afectando y a mí también. Estaba irritable, intolerante, y los dos pequeños se enfermaron, salimos y la pequeña vomitó en la camioneta y el bebé en la casa, y juntando todas las cosas para limpiar me puse a llorar. Era demasiado, no podía más, me decidí a buscar ayuda, necesitaba platicar con alguien.


En días pasados había visto posts de ayuda psicológica gratuita por teléfono, pero no encontraba ninguno, quería buscar también un taller para los niños porque cada uno a su modo se mostraban afectados. La grande estaba ansiosa, no podía dormir, quería dormir acompañada, el mediano estaba muy explosivo y grosero; la pequeña, cada sirena que escuchaba pensaba que era la alarma sísmica, me preguntaba: ¿va a temblar? ¿está temblando?


Hablé con alguien que me escuchó por 40 minutos, me dijo que era normal lo que estaba experimentando, que era entrés post traumático y me canalizó con una psicóloga que vive cerca de casa y al siguiente día me dio cita. Esa noche estuve más tranquila, sabía que el escuchar la alarma continuamente era por un estado de alerta y de supervivencia y no me iba a volver loca.


Al día siguiente llevé a los niños a cortar el pelo, estaban muy contentos y los dejé viendo su programa favorito y me escapé a la sesión. Lloré mucho, no podía entender por qué me sentía así. y detecté que lo que desencadenó todo fue la noticia de la escuela y los niños atrapados. Yo había vivido muchas cosas con mis hijos, algunas fuertes, pero esta me quitaba el control absolutamente, había algo más fuerte que yo y contra lo que no podía luchar, la naturaleza, el destino y estaba aterrada. Era vulnerable igual que mis hijos y mis seres queridos. Mi instinto de madre protectora, de no querer que sus hijos sufran, el instinto de apego y confianza de creer que venimos a un mundo confiable y predecible en el que nos podemos sentir seguros, todo se había sacudido muy muy fuerte.

Dejé de pelear con la alarma, la sigo escuchando a ratos, acepté que he estado cargando con muchas cosas, con mucho estrés, tal vez por muchos años, y que la tragedia colectiva, el ver una amenaza tan grande y tan fuerte me hizo perder mi tranquilidad, mi racionalidad, estaba reaccionando con el cerebro primitivo, y estaba bien, era normal y esperado en una situación así.


Me ayudó mucho hablar, ir a la primera y hoy  a la segunda sesión; esto fue algo que destapó muchas cosas, difíciles de procesar, pero me alegro mucho de haber pedido ayuda, porque estaba convencida de que si yo no estoy bien mis hijos tampoco pueden estarlo, que necesito estar bien por mí y por ellos, y lo estoy haciendo.


En estos momentos no me puedo exigir mucho, y si necesito llorar lloró. Sin embargo no me enfoco en la tragedia ni en la tristeza, somos más los que estamos vivos, ha habido muchas cosas buenas también de todo lo que hemos vivido desde ese día. Tengo mucho que trabajar aún y agradezco la oportunidad que se me da de hacerlo. Agradezco a esa Asociación de Psicólogos Mexicanos que altruistamente se puso al servicio de la población, de quién lo necesitara.


Hay que ser humilde para reconocer y saber pedir ayuda, para entender que a veces nos toca dar y a veces también nos toca recibir, que el sentirnos vulnerables no nos hace débiles, y que en el fondo de mi esencia sólo quiero ser la mejor persona que pueda ser por mí y por mis hijos, y eso implica ser una persona de carne y hueso, que sufre, llora, se enferma y se equivoca, se cae y se levanta.


Este día y los que vinieron después los recordaremos por mucho tiempo, ojalá todos sus frutos también.

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