el trabajo de mama




Alguna vez uno de mis hijos me preguntó si yo trabajaba y le dije que sí, que ser mamá era mi trabajo. ¡Qué fácil! Me dijo. No cabe duda que cuando uno es chico no tiene ni idea de lo que se trata. Uno suele pensar y hasta envidiar a su mamá: “yo tengo que ir a la escuela y mamá se queda en casa, qué padre.” Incluso algunos esposos creen que el quedarse en casa significa acostarse cómodamente toda la mañana o no entienden de qué puede estar uno cansado.

Cuando esto ocurre, es síntoma de que se es una buena mamá, porque lo hacemos parecer muy fácil, pero qué tal cuando por algo no podemos hacer las cosas, ahí sí todo mundo lo nota y reclama; cuando por algo salimos, cuando nos enfermamos, cuando hubo un problema urgente que resolver ahí es cuando se valora un poco el trabajo de mamá.

Para ser mamá se necesita ser fuerte y valiente, y tener un corazón muy grande, porque a pesar de que muchas veces nadie note, reconozca o agradezca lo que hacemos por la familia, a pesar de lo cansado, frustrante, difícil que puede ser, en el fondo no lo hacemos ni por el reconocimiento ni por que alguien lo valore o lo agradezca, lo hacemos porque amamos a nuestra familia y en algunos casos porque no queda de otra. Porque a veces se tienen que sacar fuerzas uno no sabe ni de dónde, porque cuando pasas días y semanas sin dormir bien porque los hijos tienen fiebre o se enferman; porque el insomnio llega muchas noches dando vuelta a la cabeza por la preocupación por un hijo, porque no se tiene la ayuda suficiente, porque uno también es humano ¡y se enferma!

A veces es el trabajo más pesado, porque hay que insistir mil veces en lo mismo, porque los resultados a veces parecen muy lejanos o más bien parece que lo está haciendo uno todo mal y no tiene caso. Hay que lidiar con muchos sentimientos, con frustración, miedo, culpa, enojo, tristeza y no hay de otra más que seguir para adelante. Y al mismo tiempo es el trabajo más gratificante, cuando un día en medio del pesimismo vemos un avance, un logro, cuando fuera de casa hacen algo bien o alguien nos dice que nuestros hijos con sus acciones demuestran todos los valores sobre los que tanto se ha insistido en casa.

Ese día que me preguntaron mis hijos si yo trabajaba les dije que sí, y mucho, que yo tal vez no tenía oficina ni sueldo, que tampoco tenía jefe ni vacaciones, pero tenía el mejor pago: besos y abrazos, miradas de asombro y admiración cuando creen que lo sé todo o puedo arreglarlo, a veces con un beso, a veces con un curita.

Cuando me pagan una noche de desvelo con un beso babeado, o la primera vez que cada uno de mis hijos me dijo: mamá. Cuando veo en su rostro la felicidad y la satisfacción por algo que hice para ellos: su fiesta de cumpleaños, un pastel, algo de comer rico.

Cuando me piden que me siente o me acueste con ellos porque se sienten mal, están tristes o requieren de mi compañía. Cuando logran por primera vez vencer sus miedos, cuando los veo crecer, cuando son más independientes.

Entonces pienso que tengo el mejor trabajo del mundo, estoy formando personas, estoy educando seres humanos, estoy tratando de enseñarles el camino del bien y la verdad, de ayudarlos a ser felices, a que sepan amar y se sientan amados.

Todo esto no es nada fácil, y no hay tregua ni descanso. Todo lo ven, todo lo escuchan, hasta en lo más mínimo les enseño algo, autocontrol, impaciencia, incongruencia, sinceridad. El cúmulo de mis acciones, mi imperfección y mis ganas de ser mejor, lo bueno y lo malo, mi voluntad y mi desgano, de todo ellos aprenden. Intento que en mi promedio general pese más lo bueno, que haya más recuerdos felices que heridas, pero no soy perfecta y ni siquiera puedo pretender serlo o acabaré más desgastada aún.

Intento que mi amor cubra mis deficiencias porque es seguro que en algo me equivocare y fallare, trato de que sea lo menos posible, de que no se note tanto, y trato también de que ellos aprecien y valoren también lo que se hace por ellos, no para reprocharles o manipularlos, sino para que vean y entiendan el sentido del amor, de la donación, de la entrega de la maternidad, y que un día, si ellos y Dios así lo quieren, ellos también deseen ser padres.

El trabajo de ser mamá te lleva al extremo en todo sentido, te enfrentas a ti mismo en tu mejor y peor versión, una vez que se es padre cambia tu vida para siempre, y te hace conocer aspectos desconocidos, te hace ser más fuerte y tener un impulso de ser mejor por ellos. Es una gran aventura, la más divertida aventura, no me la perdería por nada.

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