Apreciar las cosas pequeñas




Reflexiones, anécdotas, aprendizajes de una mamá con 4 hijos


Hace mucho tiempo que no escribía y han pasado muchas cosas desde entonces. He estado reflexionando sobre la importancia de apreciar las cosas pequeñas, los momentos diarios que hacen nuestro día a día.

Algo que aprendí después del terremoto del 19 de septiembre es que la vida puede cambiar en menos de un minuto. Cuántas veces damos la vida por sentado, nos despedimos enojados con nuestros hijos porque no se apuraron en la mañana, porque no se quisieron vestir, peinar, desayunar, etc. Banalidades de todos los días. Hubo más de 20 mamás que perdieron a sus hijos ese día, como cualquier otro, los dejaron en la escuela, pero no sabían que sería la última vez que los verían con vida.

Desde ese día, si  mis hijos no se apuran, no se quieren vestir, peinar, desayunar, etc., me lo tomo con calma, trato de decirles: “entiendo que estés cansado, que no quieras, yo también me siento así, pero tenemos que hacerlo, vamos”. Me despido de ellos con mi bendición y diciéndoles que los amo, con un gran abrazo y pidiéndole a Dios volver a verlos. Hizo gran mella este acontecimiento en mí, y no se trata de vivir apanicados, pero sí de entender que no tenemos el futuro asegurado, sólo tenemos el aquí y el ahora, hay que disfrutarlo.

Otro día tuve un mal sueño, una pesadilla donde mi vida estaba en peligro, y desperté pensando qué pasaría si yo supiera que este será mi último día de vida. Hice todo con más calma, más paciencia, con amor, dediqué un momento para hacer sentir mi cariño a cada uno de mis hijos, me aseguré que se sintieran amados. Fui feliz y disfrute todo lo que pasó, aún las cosas que parecen contrariedades, tráfico, que algo no saliera como quería, porque generalmente así es, tenemos muchas cosas que nos “hacen enojar” pero sólo si nosotros decidimos que así sea.

Como es algo que he tenido rondando en la cabeza, he decidido ser feliz, ser plena, ser amorosa, ser más paciente y menos explosiva. No significa que siempre lo logre y sea perfecta, pero sí que esté más consciente, repito no para estar paranoica, sino al contrario para ver todas las pequeñas bendiciones que tengo cada día y muchas veces pienso que es lo normal o ni siquiera las agradezco o aprecio.

Valoro levantarme temprano, porque eso significa que tengo salud para pararme de la cama y hacer mis actividades, que es un día normal en el que los niños van a la escuela a aprender muchas cosas, a jugar, a convivir con sus amigos. Valoro tener pendientes, trabajo, mantenerme ocupada y haciendo las actividades que me gustan y las que tengo que hacer en favor de la familia.

Aprecio tener cuatro hijos que llaman mi nombre más de 1000 veces al día, en verdad creo que es la palabra más desgastada por cuántas veces nos llaman los hijos hasta para lo más insignificante, pero eso significa que me quieren cerca, que me necesitan.

Adoro tener besos y abrazos, caricias y apapachos de cada uno y yo también dárselos, ver sus caritas al salir de la escuela, que me cuenten de su día, acompañarlos en su tarea y ver como avanzan y logran cada día cosas nuevas.

Incluso he llegado a apreciar esos momentos de reto donde entramos en conflicto, porque son oportunidad de hacerme mejor persona, una madre más coherente y congruente, reflexiva, justa, perseverante y aprender de mis errores cuando no logro todo esto; enseñándoles que soy humana y que también a veces el cansancio, el estrés, las hormonas o cualquier otra situación me ganan, pero lucho por ser mejor cada día, por ser mejor mamá.

Amo al terminar el día acostarme un momento con cada uno, sintiendo como su respiración se hace más lenta y profunda, que después de decir las oraciones se quedan seguros y convencidos que Jesús, José y María, el Angel de la Guarda y toda la corte celestial vigila y cuida su sueño. Y que nos tienen a mamá y papá cerca por si cualquier otra cosa terrenal se ofrece.

Confieso que hay días que yo misma acabo tan cansada que cuento los minutos para que efectivamente terminen el día y se duerman y tenga un rato para mí, para descansar, cenar, platicar con mi marido, tener un rato de esparcimiento, etc. No todos los días acaban así de pacíficos, pero estoy haciendo un esfuerzo por ser más consciente de que esos pequeños momentos y cosas, de la rutina, del día a día, de la monotonía son las que engrandecen y enriquecen nuestra vida.

Porque de repente de un día para otro la rutina cambia: crecen, hay alguna otra necesidad o circunstancia y fue la última vez que pronunciaron mal una palabra y ahora ya saben decirla bien; fue la última vez que los cargamos y ni cuenta nos dimos; fue la última vez que nos necesitaron para amarrarles las agujetas o abrocharles la chamarra y ahora ya saben hacerlo. Lo digo con nostalgia y con orgullo, alegra mucho verlos crecer y ser más independientes, pero también queda un poco de melancolía por esa etapa que se deja atrás.

Apreciemos todo, seamos agradecidos, seamos felices y hagamos conscientes de todo esto también a nuestros hijos.

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