Adiós a mi pequeño bebé lactante



Todo en esta vida tiene un inicio y un fin. El inicio de la lactancia viene o ha venido al menos en mi caso inmediatamente después del parto. Es uno de los primeros encuentros cercanos y en algún punto del inicio de cada una de mis cuatro lactancias fue dolorosa. No importaba que tanto había leído o sentía que me había preparado; aún a pesar de tener “experiencia” en un despiste, una mala posición, o la pequeña boquita del bebé que está aprendiendo a succionar hizo estragos en mi.


Con algunos fue más con otros menos, pero el principio siempre fue doloroso, y sacó a relucir lo mejor de mi: paciencia, fortaleza, perseverancia, generosidad, y sobre todo esperanza de que pasadas las dificultades iniciales, que en algún momento se superarían, lo íbamos a disfrutar y sería más fácil. Requirió de mucho fuerza de voluntad, de estar convencida de todos los maravillosos beneficios y sobre todo con los niños  (el segundo y el cuarto) fue más difícil.


Con la primera tuve todo el tiempo y la paciencia, estaba segura de que quería lograrlo, fue un reto personal y lo logre satisfactoriamente. Pero el segundo, me tomó un poco más confiada y en un descuido me dio un mal mordisco y desde el hospital salí muy mal. Teniendo otra niña a quien cuidar y atender no fue tan fácil, y hubo algunos momentos en los que quise “aventar la toalla” pero con voluntad lo logré.


La tercera llegó cuando estaba más relajada y dispuesta a aprender de mis errores y que no me volviera a pasar, pero con ella todo fue más fácil. Y con el cuarto después de dos meses de sufrir, descubrí que un simple giro de 45 grados hizo toda la diferencia.


Cada hijo llegó en un momento y una circunstancia distinta, tuvieron una mamá que fue aprendiendo y preparándose más, y no sólo por teorías y lecturas sino porque ya tenía un camino recorrido e ideas bien fundadas y formadas de qué sí iba con mi estilo de crianza y que no. Los primeros tuvieron muchísimas alergias, cólicos y reflujo, por lo que mi alimentación se vio muy restringida hasta el punto de llegar a la osteopenia con mi primera hija. Subí 13 kilos en el embarazo, y al término de 8 meses de lactancia, había bajado 21 kilos. Tuve que suspender por mi propia salud la lactancia. Estaba agotada y hambrienta. Con el segundo pasó algo similar, subí 13 y bajé 17, logré 7 meses de lactancia. Con la tercera por varios cambios que hice, ya con más conocimiento, no fue tan drástico, subí 13 y bajé 15 y con más herramientas logré 9 meses de lactancia. Y con el más pequeño las circunstancias me orillaron a tomar otra decisión.


Él aparentemente no fue tan alérgico como los otros, pero cuando tenía 5 meses le dio meningitis derivada de una otitis y estuvo muy delicado en el hospital, gracias a Dios no tuvo repercusiones graves, pero esa es otra historia. Lo que sí tuvo fue diarrea crónica derivada de un mes de antibióticos muy fuertes y aunque yo pensaba como con los otros comenzar el destete a los 6 meses y lo que nos tardáramos, esta vez decidí seguir indefinidamente, lo que necesitara por su situación emocional, alimenticia, para reforzar su sistema inmune y repoblar su flora intestinal y por lo miles de beneficios que la leche materna tiene.


Si de por sí nunca subió tanto de peso como mis otros hijos con mi leche ni yo tampoco bajé tanto como con ellos, con lo que bajó en el hospital y derivado de la gravedad de su estado no se lograba recuperar. Salí del hospital como si fuera un recién nacido, con pecho a libre demanda con tal de que comiera y no se deshidratara de las entre 10 y 18 veces que evacuaba al día. Toda la noche quería dormir pegado al pecho, encima de mí. Amanecí durante meses con los pies entumidos y me quedaba dormida porque literalmente me desmayaba de cansancio sin poder adoptar una posición más cómoda, así es cómo él quería y yo sentía que si eso necesitaba eso le daría.


Llegó un punto en el que eso fue cambiando, intentamos la ablactación que no aceptó muy bien de principio ni tampoco sirvió mucho para que subiera de peso. Continué con paciencia convencida de que estaba haciendo lo mejor para él, pero al ver que seguía sin subir de peso ni crecer, me recomendaron un doctor especialista en niños de bajo peso. De inmediato descartó la tan sobre diagnosticada acidosis tubular renal en nuestro país.


Cuando el médico anterior me sugirió que podía tenerla ni siquiera consideré hacerle los exámenes. Sólo basta un poco de sentido común y de intuición de madre para reconocer el fondo del asunto, con todo lo que había pasado mi pobre bebé entre hospitalización y antibióticos era evidente que habíamos destrozado su sistema digestivo, por supuesto por un bien mayor, pero las consecuencias 6 meses después se seguían notando.


Él  nuevo médico me preguntó con respeto como pocos doctores cuánto tiempo pensaba seguir lactando,  yo había llegado a mi meta, un año. Y le comenté que quería empezar el destete. Esta vez estaba convencida de hacer un destete totalmente respetuoso, no ofrecer y no negar. Mi chiquito seguía con pecho a libre demanda, no teníamos horarios y eso me iba a dificultar seguir con el esquema de las lactancias anteriores cuando quitaba el pecho. Sobre todo con los dos primeros fui quitando una toma a la semana y entre 7 y 8 semanas ya había terminado. Les ofrecía la mamila con pocas onzas  para no desperdiciar y si querían la tomaban y si no no, pero no iba a haber leche hasta la siguiente toma en 3 -4 horas.


Intercalaba tomas de pecho y fórmula hasta que se juntaban sólo de fórmula. Con la tercera me pasó que mejor evito tomar fórmula todo el día y tomaba pecho toda la noche. Con ella me tardé como 3 meses porque se estuvo enfermando y fue difícil que lo quitara, hasta que un día supongo que se resignó y tomó la mamila.


Pero con él, con mucha más información y con mucha paciencia, si ya había llegado hasta aquí y sería la última lactancia, nos lo tomaríamos con calma. Y así empecé, con una súper fórmula que el doctor me indicó cómo preparar. Fue tomando el biberón, siempre se le ofrecía primero, hubo veces que lo quiso hubo veces que no, si no quería la fórmula lo siguiente era ofrecerle agua. Y ya como última instancia, si lloraba o insistentemente me buscaba el pecho  quitándome la blusa, se lo daba, si estaba muy cansado y no podía dormir o si estaba enfermo.


Poco a poco lo fue aceptando y fuimos sustituyendo tomas tanto de día como de noche. No fui tan tajante como con los otros 3, nos podíamos regresar un poquito si la circunstancia lo ameritaba. Y también paulatinamente me fui despidiendo de esos momentos de tenerlo entre mis brazos, de sentir su mirada, de alegría, amor, seguridad, satisfacción. De ver cómo se empezaban a cerrar sus preciosos ojitos porque los vencía el sueño, de sentir sus caricias con su otra manita en mi cara, en mi cuello, en mi otro pecho. Sentía su respiración feliz y relajada, sentía con mi brazo el latir de su corazón contento y en paz, y me despedía y atesoraba estos momentos, sabiendo que cada vez estábamos más cerca de concluir y pasar a otra etapa.


Hubo días en los que sobre todo si salíamos era mucho más fácil distraerlo y evitar que tomara el pecho, y la fórmula hipar calórica comenzó a cumplir su función, al cabo de dos meses comenzó a subir de peso y crecer un poco.


Como en todo, no se le puede dar gusto a la gente, hay quien critica por qué no le das más tiempo, hay quien le parece grotesco que a un bebé con dientes le des pecho, hay comentarios de aprobación y otros llenos de ignorancia y rechazo. Pero a mí poco me importaba lo que los demás dijeran u opinarán, ni siquiera algunas opiniones médicas igual de ignorantes, podrán saber mucho de medicina pero no necesariamente son expertos en lactancia. Entre los mismos expertos hay opiniones distintas. Esta era mi lactancia, de mi chiquito y mía y nadie más tenía que opinar.


Sin embargo, como todo a veces es difícil, te hacen dudar, te pones triste, te afecta un poco lo que la gente te dice: que si ya se convirtió en agua tu leche (no sé bajo qué método científico lo comprobaron y menos aún cuándo me extrajeron leche y la analizaron porque yo ni me enteré). Que si ya se está haciendo mañoso, que si a la que le gusta tenerlo en el pecho (como si fuera una especie de depravada) era a mi, que ya mi leche no le sirve, que si cuando tenga barba va a seguir tomando, etc…


Pero siempre he sido muy firme en mis ideas, me gusta llegar a la verdad y al fondo de los asuntos, no significa que siempre tenga razón, pero mis razones son válidas y mal no le estaba haciendo. El pecho cumple muchas funciones además de la nutritiva, hay un vínculo emocional muy fuerte y cercano, el bebé siente seguridad, tranquilidad, se siente amado y contenido. Siempre he pensado que es una forma de prolongar la unión tan cercana que vivimos en el embarazo, fusionados por 9 meses, después con la lactancia es un perfecto momento para tomarse un tiempo y volver a estar juntos otra vez, conectarse de una manera muy especial, descansar, meditar, disfrutarse mamá y bebé.


No critico ni juzgo para nada a quien no pudo o no quiso lactar, cada quien tiene sus razones y circunstancias, y por lo mismo tampoco me gusta que me juzguen y critiquen por hacerlo.


Y así sin darnos cuenta, con ayuda de la chica que trabaja en casa, de mi esposo y de las circunstancias de pronto me encontré con que tuve mi primer día sin darle pecho, y el segundo y el tercero. Casi sin darnos cuenta terminamos esta feliz etapa y pasamos a otra. Me dio nostalgia y melancolía, y un cierto sentimiento de libertad, alegría, satisfacción, orgullo, de todo un poco. Coincidió este momento con sus primeros pasos, mi bebé está creciendo y está dejando de serlo. Y agradezco a Dios, a la naturaleza, a mi cuerpo y a todos los que me apoyaron en mis cuatro lactancias. A veces veo mi cuerpo en el espejo, dista mucho de ser perfecto pero dio vida, 4 preciosas vidas albergó, nutrió, y dio a luz, 4 veces pude alimentarlos con mi cuerpo, algunos más a otros menos, y no tengo más que agradecimiento y asombro, de la perfección del plan de Dios que nos hace ser copartícipes con él de todo esto.


Así que me despido de mi pequeño bebé lactante, de esta preciosa etapa y todo lo que conlleva, a veces el sentirse prisionera y vivir contra reloj corriendo a hacer lo más que se pueda entre tomas, con el estrés de que en cualquier momento llore de hambre y uno no esté a tiempo; sin poder salir a compromisos porque no estás segura de que acepte la leche en biberón, o salir con el bebé adecuando la vestimenta a su necesidad de alimentación; cambiando la dieta para que no le caiga mal a su estómago y haciendo circo, maroma y teatro para alimentarlo en público guardando el pudor y a veces derritiéndonos de calor; sobre llevamos las mordidas, aprendió a no lastimarme con sus recién estrenados y flamantes dientes e incluso cuando se le escapaba la mordida de inmediato lloraba porque sabía que venía el regaño. Todo esto, lo bueno y lo inconveniente lo disfruté y me despido de ello. Cierro una etapa y le doy la bienvenida a mi pequeño bebé caminador, dientudo y destetado.

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