Adiós a mi bebé de Pañales, Bienvenido mi último "niño Grande"

Esta semana ha sucedido algo muy importante, mi último chiquito está dejando el pañal. Tuvimos una preparación ambos, tanto física como psicológica. Él ya mostraba interés por dejar el pañal, todo el día hablaba de pipí y popo y ya quería usar “chones” de niño grande. Yo también vi que regresando de vacaciones de diciembre y tras unas semanas de ajuste a la rutina y las actividades diarias me fui haciendo a la idea de que era el momento propicio para ambos.


Dos semanas de calzones entrenadores y ya se venía la decisiva, la de dejarlos y usar calzones de esponja. El primer día hubo 3 accidentes, lloró un poco al darse cuenta de que estaba mojado, de que lo puse sólo en calzones y chanclas, quería sus zapatos y sus pantalones, otro accidente más y pareció no darle mucha importancia. Y cuando venía por tercera vez el accidente quiso ya correr y acercarse al baño, logramos la mitad de camino y la mitad adentro, pero ya era un avance.


Tres veces más logró hacer pipí en el WC y de una vez logró también hacer popo. Me sentí eufórica, no se había estreñido ni soltado del estómago como a otros de mis hijos les pasó. Con naturalidad nos despedíamos de su pipí y popo dentro del escusado, le jalábamos, nos lavábamos las manos y celebramos entre canciones y porras.


Primero pensé que nos iba a costar más trabajo pero luego vi que iba a ser más fácil de lo que esperaba. Durmió nuevamente con su calzón entrenador, para dejarlo tendremos que esperar un poco más, pero no hay prisa. Se acostó muy felicitado y sintiéndose orgulloso de estar en camino acelerado a convertirse en un niño grande.


Pero esa noche me cayó la realidad. Se acababa mi bebé, mi último chiquito con pañales, marcábamos el inicio de una nueva etapa, dábamos definitivamente vuelta a la página, y la melancolía se apoderó de mí. Una mezcla de sentimientos entre alegría y tristeza, entre alivio y nostalgia, he pasado casi 10 años cambiando pañales ininterrumpidamente.


Y recordé ese día de su nacimiento, cómo lo cargué, cómo lo arrullé entre mis brazos y lo alimenté, lo cobije con mi calor, lo abracé. Siendo consciente que era mi último recién nacido, que mi familia estaba completa. Lo recordé gordito pero a la vez tan ligero, más grande que sus hermanos porque midió y pesó más que ellos a pesar de mi preeclampsia y de haber nacido en la semana 37, rojito como ellos y tan tierno. En cambio ahora tan diferente, tan flaquito, tan simpático, tan lleno de vida, con su sonrisa traviesa, sus ojitos pícaros y dulces, nunca habría imaginado ese día de su nacimiento que 5 meses más tarde regresaríamos al hospital por meningitis y el difícil camino que recorrimos para que subiera de peso, talla y sus defensas.


No podía más que dar gracias por todo lo que había vivido con él, aún cuando me costó asumir ese embarazo, el cuarto, tan pronto para mí. Y sentí que me despedía de la primera infancia para siempre y aunque estaba convencida de ello, las lágrimas brotaron de mis ojos, me despedía con alegría y satisfacción y con un dejo de tristeza también.


Mi chiquito los días siguientes tuvo algunos logros y otros accidentes, esto es un proceso y lo sé muy bien. Sus hermanos comparten su alegría y sus logros, se asoman y corren junto con él cuando dice pipí, quieren ver y comprobar que lo logró y celebrar con él su crecimiento y el crecimiento de toda nuestra familia, el cambio de etapa que nos traerá muchas nuevas e innumerables aventuras, como la prepubertad inminente de mi mayor.


Ya no hay más siestas ni silencios porque el bebé está dormido, jubilaremos para siempre la pañalera, así cómo hemos hecho ya con las mamilas, carriola y cobijitas, pero conservaremos espero por mucho tiempo más, la inocencia, la alegría, la frescura de sus ocurrencias, sus tardes de risas y juegos, la magia de la infancia que se me escurre entre las manos porque el tiempo corre de prisa y tal vez en menos de lo que pienso estaré despidiéndome de la infancia de mi mayor y dándole la bienvenida a la pubertad y la adolescencia que convivirán con la infancia de sus hermanos.


Qué gran aventura es la vida y qué dicha el ser mamá y poder vivir junto con ellos intensamente cada una de sus etapas.


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