Adiós a la terrible culpa


Uno de los primeros sentimientos que acompañan la maternidad constantemente es la culpa. Generalmente tenemos estándares demasiado altos o poco realistas de la maternidad.

En algunos casos inicia desde la manera en cómo nació nuestro bebé, queríamos parto y fue cesárea; se sigue con la lactancia, si fue exitosa o por falta de apoyo, conocimientos e instrucción tuvimos que abandonarla antes de lo previsto o ni siquiera se estableció bien.

Cualquier cosa que le pasa al bebé suele ser nuestra culpa, si se enferma de gripa seguramente no lo tapamos lo suficiente, lo expusimos a un cambio de temperatura y surgen los reproches mentales, me debería de haber quedado en casa, no lo cuidé bien, etc.

Si leemos y nos informamos sobre diferentes estilos de crianza, a menudo nos damos cuenta de que a la hora de reaccionar no estamos a la altura, toda esa teoría tan preciosa y armoniosa se borró de nuestro cerebro en el momento más importante, y nos sentimos malas madres.

Nos sentimos mal al regresar a trabajar y tener que dejar a nuestro chiquito en manos de alguien más, pero también si nos quedamos en casa la monotonía, la excesiva demanda de trabajo, el no poder completar en ocasiones ni las mínimas tareas nos hacen sentir que fallamos.

Si somos exigentes con los hijos o perdimos la paciencia tarde o temprano llega la culpa, por no entender que son niños y que se comportan como tal, por no tenerles más paciencia.

Y podría dar uno y mil ejemplos más sobre cómo en cada etapa y pareciera que en cualquier momento la maternidad y la culpa se entrelazan y parecieran inseparables.

Es entonces cuando debemos hacer un alto y ver que no podemos vivir así. Es bueno y sano darnos cuenta que a veces cometemos errores, es de sabios aceptar nuestras equivocaciones y tratar de remediarlas, aprender de ellas.

El manejo de la culpa es muy importante porque si nos estamos descalificando y autodevaluando constantemente no les hacemos un bien a los hijos. Ellos llegan en algunas etapas a tener un olfato muy entrenado, y la huelen a kilómetros y aprenden a aprovecharse de ella.

Se necesita de mucha sinceridad y humildad y de un gran valor y autocontrol para deshacerse de las culpas. No dejarse juzgar ni sentir mal porque para alguien siempre estaremos haciendo las cosas mal y sólo uno en su realidad más profunda conoce sus circunstancias y no tenemos por qué ir dándole cuentas a todos sobre ellas.

La culpa no es buena compañera, sobre todo cuando debemos reconocernos humanos, nos equivocaremos una y mil veces, pero debemos hacer un análisis a conciencia para ir cambiando y mejorando, no para quedarnos en el sentimiento de fracaso.

Es buenos para los hijos saber que también hacemos las cosas mal, que no somos perfectas, no exigirnos de más o acabaremos agotadas y queriendo aventar la toalla. Siempre se puede mejorar y una de las cosas importantes a cambiar es no dejarse dominar por la culpa. Despedirse pronto de ella y no permitir que nuble la razón y nos haga actuar mal por su mal manejo.

Cuando me libro de la culpa me reconozco humana, imperfecta pero lo suficientemente fuerte para aprender de mis errores, para tratar de no cometerlos y seguir adelante.

Uno de los primeros sentimientos que acompañan la maternidad constantemente es la culpa. Generalmente tenemos estándares demasiado altos o poco realistas de la maternidad.

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