A esa mamá desesperadA

Month: March 2017



Con 4 hijos y casi 8 años de ser mamá, he pasado y aprendido muchas cosas. Además que mis hijos no han sido niños comunes y corrientes, nos han pegado cada susto… Mi primera hija tuvo reflujo, desorden de integración sensorial y tres veces Kawasaki, una enfermedad rara que inflama todos los vasos sanguíneos y puede dejar daño irreparable en el corazón.

Mi segundo también tuvo reflujo, desorden de integración sensorial y era alergiquísimo, tosía, vomitaba, no podía respirar, tuvo que usar inhalador y montón de medicinas.

Mi tercera fue y es hasta la fecha la más “normal” y el cuarto, mi pobre bebé fue sorpresa desde que nos enteramos de su venida.

Me dio preeclampsia en la semana 33, y con muchos cuidados logramos llegar a la 37 y que naciera en parto psicoprofiláctico, pero a sus 5 meses, casi 6 le dio meningitis aséptica derivada de una terrible otitis que dos pediatras no pudieron ver venir. Desde entonces perdió muchísimo peso, tuvo diarrea por meses y quedó vulnerable.

Aunque es un resumen de sólo una parte de lo que ha sido mi maternidad, porque sé que mis hijos y yo somos más que todo eso, me he encontrado en la misma situación que esa mamá desesperada con la que fui a tomar un café el otro día.

Ella me contó su historia, como desde el principio sabía que su hijo no estaba bien, que era diferente, que algo le pasaba. Me contó con lágrimas en los ojos como sus más cercanos no le creían, le decían que la que estaba loca era ella, que era necia por querer encontrarle algo a su hijo que no tenía, y cuando empezaron a ver que tal vez tenía razón algunos le echaron la culpa, que tal vez era así por ella, por cómo lo trataba y educaba.

Yo he estado ahí, muchas, muchas veces, lo estuve todo ese primer año y hasta que se confirmó el diagnóstico de mi hija en cuanto a sus problemas sensoriales. Recuerdo que esa vez sentí un océano de emociones, y venía la ola de la tristeza, y la de la angustia, de saber que mi hija tenía algo que la hacía diferente.

También la ola de la tranquilidad al saber que no estaba loca, que tenía un nombre y había tratamiento; y la ola de la desesperanza y la incertidumbre, qué va a ser de ella.

Muchos años traté de ser realista y no pensar ni tener grandes expectativas de lo que sería su futuro, sin embargo no me quedé cruzada de brazos, busque ayuda, respuestas, soluciones, especialistas. Pero es muy duro, es muy duro ese camino cuando cada quien te dice una cosa y luego ya no sabes a quién creerle, cuando cada quien tiene una teoría y cada médico o especialista te regaña por no hacer lo que él te dijo. Hay muchos que son charlatanes y te hacen perder el tiempo y el dinero, que te dan diagnósticos erróneos, o que ni siquiera les importas, te ven con cara de número y te sacan todo lo que pueden; hay gente soberbia, que nunca admite que no vio más allá de su nariz y que no fueron honestos ni éticos.

Y todo ese camino es muy cansado, se siente uno en un hoyo sin salida, sin luz, sin esperanza, que no hay para donde, más que resignarse, pero no te puedes resignar, estamos hablando de un hijo, un hijo que es lo más valioso y sagrado que se tiene.

Todos opinan, todos juzgan, todos señalan, pero cuando realmente has estado ahí; cuando ya no tienes fuerza para ser fuerte, o no tienes ganas, cuando no quieres pelear contra el mundo, o contra tu propio hijo, porque su tratamiento es doloroso, porque él es pequeño y no lo entiende, cuando te pide que te pongas de su lado y lo defiendas y no del lado de los médicos que le están causando dolor con sus agujas y sus procedimientos necesarios para llegar a la cura, o eso quieres pensar y eso esperas, porque no te queda de otra más que confiar.

En ese momento quisieras tener toda la sabiduría, y saber realmente qué hacer. Y muchas veces, en el fondo de tu corazón hay una sabiduría real y existente, tu intuición de madre, que si sabes reconocer y escuchar, aunque no tenga lógica te ayudará más que mil enciclopedias y que todos los gurús del mundo moderno.

Es muy fuerte lo que uno a veces vive como mamá. Es difícil explicarlo a quien no lo ha vivido de cerca y en carne propia. Esa mamá me hacía mil preguntas y lloraba, y yo, no tengo todas las respuestas, sólo sé cómo ha sido mi historia. He tenido que ser fuerte cuando no he querido o he pensado que ya no podía más. He tenido que seguir adelante, y siempre ha sido de la mano de Dios, cerca de Él, con Fe y pidiéndole cuando ya no puedo más que me de fuerza, que me de esperanza, que aprenda pronto lo que tengo que aprender porque ya siento que no puedo más.

No hay cosa más triste que ver sufrir a un hijo, esa preocupación, esa incertidumbre te agota. Un día a la vez. Y quiero decirles a todas las mamás que están ahí en esa situación que si creen en Dios se agarren de Él y no se suelten, y si no, que se tomen de algo en lo que crean, yo he estado ahí muchas veces y he salido, y sé que esta vez también saldré. Aunque el cansancio me haga ver todo más negro de lo que es, aunque haya rachas donde todo se junta y parecen no tener fin. No estamos solas, somos muchas, sólo que tal vez no nos conocemos. No nos dejemos vencer, contamos con el arma más poderosa: el amor por nuestros hijos, el deseo de que estén bien y nuestra intuición de madre que nos va indicando cuál es el camino correcto.

Te escuché y te abracé mamá desesperada, porque de cierto modo yo también soy esa mamá.


1 vista0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

Un verano diferente y un nuevo ciclo escolar

Ha pasado mucho tiempo desde que escribí por última vez, y es que han pasado un montón de cosas desde entonces. Después de haber logrado y celebrado que mi chiquito dejó el pañal, se transformó toda m